miércoles, 23 de noviembre de 2011

Cuento: Un ermitaño en la corte

Introducción
Las apariencias no son más que eso: Apariencias.Pero en muchas ocasiones nos condicionan nuestra manera de pensar. Más aún, llegamos a sentirnos atados a nuestro propio ser exterior, a todos los pre-conceptos que tenemos de nosotros mismos. Para el budismo -especialmente el tibetano- , sin embargo,  sólo anulando ese ego podemos encontrar la propia unidad.

Cuento
Cuentan que en una corte real tuvo lugar un banquete muy fastuoso. En estas ocasiones, se sabe, que el protocolo lo es todo. Incluso a la hora de asignar asientos. Todo el mundo, conocedor de estos códigos, respetaba las jerarquías y se sentaba donde le correspondía.
cuando todavía no había llegado el monarca al banquete, apareció un ermitaño muy pobremente vestido. Por supuesto todos pensaron que era un pordiosero que se había colado y que intentaba conseguir comida o dinero. Pero para la sorpresa de todos, el ermitaño se sentó en el lugar de mayor importancia. Rápidamente, un hombre encargado del lugar le pregutó, no sin cierta sorna y mofa:
- Acaso eres un visir?
-Mi rango es superior al de visir - Repuso el ermitaño
- Será pues que eres un primer ministro...
- Mi rango es superior al de primer ministro
-Acaso eres un rey?
-Mi rango es superior al de un rey...
-Acaso eres un Dios?-  Preguntó mordazmente el primer ministro
- Mi rango es superior al de un Dios
Fuera de sí, el primer ministro vociferó:
-NADA ES SUPERIOR a DIOS
Y el ermitaño con mucha calma respondió:
- Ya sabes mi identidad. Esa nada soy yo.

Reflexión
Los ermitaños, como los grandes maestros y lamas, han alcanzado un estado superior de conciencia donde se resuelven, de una manera vivencial más que intelectual, muchos interrogantes existenciales.
En ese caso, la persona consigue un tipo de alegría interior que nada tiene que ver con la simple diversión y que no está supeditada  a las circunstancias favorables del mundo exterior.
Esto ocurre como consecuencia de sentirse pleno, liberado de los conflictos de la mente ordinaria, por un lado, y de la fascinación por las apariencias, por el otro.
Liberarse de la tiraría de las apariencias y reencontrarse con el yo real no es tarea sencilla, pero es la posibilidad de sentirse armónico en uno mismo. Aquel que hay liberado su mente está, entonces, más allá de todas las categorías y dualidades, del ego y de los conceptos,

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